
Los días de lluvia le llenaban de melancolía. Intentaba entretenerse con cualquier cosa, ordenando la biblioteca o leyendo; todo lo miraba sin ver. Pero aquella mañana no. Se quedó mirando por la ventana aquel cielo plomizo, aquella lluvia fina que lo empapaba todo, incluso sin mojar. Y recordó. Recordó otra mañana como aquella mirando por la misma ventana, el cielo igual de gris. Pero entonces no estaba melancólico; la esperaba ilusionado y nervioso, como siempre que se encontraban. Se llenaron de besos que el edredón cobijó. Y supuso que de muchas cosas más se llenaron antes de marchar unas horas después. Lo supuso porque se dio cuenta entonces que no recordaba nada más de aquellas horas, ni lo que hicieron, ni lo que sintió. Nada. Quizá, pensó, es que fueron sus últimas horas juntos, cosa que tampoco podría precisar, y la mente le estaba protegiendo. Y recordando triste todo eso que no recordaba, se quedó con la vista clavaba en aquella gota que resbalaba por el cristal y emborronó las letras escritas en la huella de su aliento al suspirar. Era su nombre, y él no lo había escrito.
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